La franciscana sencillez del presidente uruguayo José Mujica se ha convertido en la fascinación de los medios corporativos. La "fantasía del presidente pobre" es diseccionada por el sociólogo, rockero y columnista argentino Marcelo Padilla. ¿Es la buena imagen de Mujica una sutil forma de esconder una política neoliberal que no quieren siguen otros países de la región? Sirvan una columna y un ensayo para entender porque nos venden tanto el milagro uruguayo.
A los que babean por la “pobreza” de Mujica / Marcelo Padilla.
Me tienen harto con la difusión de la "pobreza" de Mujica. Mujica es Mujica y es presidente de Uruguay, pero no tenemos por qué tener todos los países de la región un presidente como Mujica. Pasa que el viejo topo “vende”, no sé si él mismo lo hace a propósito, pero sí sabemos quienes son los compradores-difusores de esa fantasía del “presidente pobre”: los medios, la oposición de centro-izquierda, los Radicales y hasta sectores de la derecha histórica en Argentina viven alabando a Mujica por su austeridad franciscana, como si ello en sí mismo constituyera "la transformación de su país".
Es un mandatario de un país hermano a quien hay que bancar en el marco de un proceso común latinoamericano que busca unirse para hacer más fuerte a Sudamérica (a través de UNASUR, por ejemplo) y no descontextuar simbólicamente su estilo de vida, los trapos que viste y la casa que habita, de aquél.
Sería ideal que pasaran muchas cosas que no pasan en Argentina, pero las gestiones hay que evaluarlas no por cómo se visten y dónde viven los funcionarios (exclusivamente) sino por los resultados en materia de empleo, soberanía política y económica, políticas sociales activas en favor de los que menos tienen, redistribución de la riqueza y de la palabra y comunicación, política de Derechos Humanos, entre otras.
El viejo Mujica es un viejo zorro que me cae bien, aclaro, hace un buen tiempo que la derecha uruguaya no da pie con bola como oposición. Es cierto además que en el país hermano hubo un mejoramiento, tibio, de la calidad de vida de los uruguayos desde que el Frente Amplio gobierna; tienen a un pueblo hospitalario, buena gente, una cultura ejemplar, son respetuosos y dignos.
Dicho esto, sin embargo, Mujica no solo no ejerce el liderazgo de la región porque en Uruguay todavía no se han realizado cambios estructurales como por ejemplo sí los hizo Fidel, Hugo Chávez, los intentos de Correa y Cristina con sus resultados positivos a la vista, Evo, entre otros; sino que además, en Uruguay se vive un proceso distinto donde el margen de maniobra del estimado Pepe es estrecho frente a los poderes concentrados de su país.
La foto del "presidente más pobre del mundo" que lleva días circulando en redes sociales
Cruzar a Uruguay por el río es imposible debido al altísimo costo que impone la monopólica Buque-bus que opera en la zona. No hay otra posibilidad de cruzar por agua que no sea a través de Buque-bus.
Punta del Este es el símbolo de la frivolidad en toda Latinoamérica, los canales de televisión uruguayos tienen una programación en la cual gran parte de la misma toma señal de canales argentinos que se ocupan de la farándula. Además, se sabe, siempre fue un paraíso fiscal, una especie de Suiza en el Río de la Plata.
La población afrodescendiente, que llega al 8% vive en condiciones de pobreza, concentrada en los barrios del sur montevideano, en su mayoría. Viven un proceso de importaciones favorecido por las políticas oficiales en detrimento de la tímida industria local de base primaria. La industria frigorífica se encuentra en manos de capitales brasileros y norteamericanos en más del 50% y se mantienen en buena sintonía con los organismos internacionales de crédito, entre ellos el FMI.
Todo ello y más nos muestra a un país lejos de tomar como modelo, al menos en sus políticas de gobierno.
Pero no es intención de esta nota evaluar a Mujica sino a quienes, repito, hacen uso, en la región, de su imagen de presidente pobre a imitar. Justamente los que lo promueven aquí no se bancarían a un tipo que habla y se viste como un hombre de la calle, un jubilado. Lamentablemente, aclaro.
Y es a la hipocresía a la que me refiero. Con solo decirles que Mujica fue dirigente Tupamaro, ex guerrillero, preso político en dictadura, que apoya discutir sobre la despenalización de la marihuana, la despenalización del aborto, entre otras ideas de avanzada, saldrían espantados. Pero no. La idea de mostrar a un Mujica pobre tiene como objetivo desacreditar en primer lugar a nuestra Presidenta, y de paso a todos los mandatarios sudamericanos que han enfrentado procesos destituyentes por parte de la oligarquía con el apoyo de lo más retrógrado de las clases medias conservadoras y los medios de comunicación.
En fin, se les cayó Capriles en Venezuela, les da vergüenza Piñera en Chile porque no les da para un Macri (que se hizo rico gracias a los negociados de su padre con la dictadura), y ahora babean por Mujica, ya viejo, más cansado, honesto, pero que no deja de parecer un abuelo que da buenos consejos tomando mate.
Pequeñas pinceladas sobre el Frente Amplio.
Entre 2003 y 2004 se aceleraron las "actualizaciones" ideológicas y programáticas. Y el maridaje con fracciones del empresariado tomó cuerpo en la "concertación para él crecimiento". Se borró toda referencia "antioligárquica" y "antiimperialista", y se enterraron aquellas demandas que habían marcado al "frentismo" desde su fundación en 1971: estatización de la banca, reforma agraria, reforma urbana, monopolio del comercio exterior, ruptura con el FMI, no pago de la deuda externa.
En el 2004, dicen Adolfo Garcé y Jaime Yaffé, el Frente Amplio ya podía ser descrito como un partido socialdemócrata. (La era progresista, Fin de Siglo, 2004) Esta transformación no resultaba de un cambio cosmético, ni de una maniobra oportunista. Tampoco de una "traición" inesperada. En realidad, se trató de la culminación de un largo y genuino proceso que se fue operando desde la "transición democrática". En el nuevo lenguaje progresista, la "democracia representativa" dejó de ser vista como una simple "formalidad burguesa" y pasó a ser un "valor universal" a defender. La revolución desapareció del mapa, y el socialismo quedó situado en el lejano horizonte de la "utopía". La "toma del poder" cedió su lugar a "ganar las elecciones". Aunque los ideales de igualdad, justicia y solidaridad social se mantuvieron. Sobre todo en los discursos. Como para lavar las conciencias heridas.
Fue por aquellos años post-crisis que Mujica empezó a exhibir sus dotes de pragmatismo y sensatez: "Hay que decirle la verdad a la gente: en el mejor de los casos nos va a llevar diez o quince años volver a tener un país donde más o menos se pueda vivir." (Cuando la izquierda gobierne, Mario Mazzeo, Trilce, 2003) Todo un anticipo: se trataba de desinflar las ansiedades y frenar el "exceso de demandas". El discurso pegaba con la oferta gradualista del "cambio posible". Las palabras de orden debían encajar con el programa: continuidad macroeconómica (de las políticas neoliberales), "honrar los compromisos" (con los acreedores internacionales), concertación social (con las corporaciones patronales), planes asistenciales enfocados en la pobreza (según las directrices del Banco Mundial).
Diez años después La crisis "fue superada" y hasta volvió a conseguirse el ansiado "investment grade". Los capitales privados alimentan la inversión de un "país productivo". Eso sí, basado en la extranjerización de la economía. El PBI no deja de crecer, las exportaciones vuelan, el consumo se dispara en la llamada "clase media". Estamos "mucho mejor preparados", dicen las autoridades, incluso para soportar los coletazos de la crisis capitalista internacional.
Apenas faltaría distribuir un poco más "equitativamente" la riqueza. Lo reconocen. Porque siguen habiendo 450 mil personas en la extrema pobreza (14% de la población). Porque la masa salarial -en relación al PIB- se ubica en el 24%. Y porque la precarización del salario impide que el 56% de los trabajadores y trabajadoras (según el Instituto Cuesta-Duarte del PIT-CNT), alcancen siquiera el cuarto de la canasta básica mensual. "Asignaturas pendientes" que se irán resolviendo, dicen los funcionarios. Aunque de forma "gradual" y "prudente".
Frenteamplistas celebrando la victoria de José Mujica en las elecciones presidenciales del 2009
El país "es otro". Los "cambios" son perceptibles según los analistas. Parece verdad. Tanto que hoy, los bancos son las instituciones que cuentan "con mayor confianza" en la sociedad, superando por lejos a los partidos, los sindicatos, el poder judicial y la policía. (Encuesta Factum, El Observador, 24-7-2012) Impensable unos años atrás. No obstante, ciertos "valores" que hacen a la "identidad republicana" continúan prevaleciendo por ser un "patrimonio cultural". Son los que permitieron "una salida uruguaya a la crisis" en el 2002. Vale decir, una conducta acordada de "los sectores políticos, empresariales y sindicales (.) que al apoyar, dejar hacer o simplemente confiar en el país, acompañaron y viabilizaron el camino adoptado por el gobierno". (Enrique Iglesias, ex presidente del BID en el prólogo del libro de Carlos Steneri, Al borde del abismo. Uruguay y la gran crisis del 2002-2003. Ediciones de la Banda Oriental, 2011)
No hay un gobierno de "unidad nacional" porque a nadie le interesa. Mucho menos a dos años y poco de las próximas elecciones. De vez en cuando hay rispideces y trifulcas. Hasta se insultan. Las interpelaciones a los ministros se suceden por parte de blancos y colorados, sin ninguna consecuencia política. Las corporaciones patronales hacen su juego quejándose, mientras se benefician de la "bonanza económica". Los sindicalistas del progresismo de vez en cuando gritan, protestan, hacen huelgas, pero terminan negociando todo. El "espíritu de la concertación" se mantiene más allá de cualquier desencuentro. Unos y otros saben que se necesitan para asegurar la gobernabilidad del orden "democrático" y disciplinar a la fuerza de trabajo. La razón es sencilla: pertenecen al mismo campo contrarrevolucionario. El presidente de la República -justificando su conversión- lo ha dejado en claro hace bien poco: "Era un mito que no se podían alcanzar los cambios con las reglas de la democracia liberal".





